Con un simple papel

acueducto

Así es como siempre he intuido que acabaría el proceso catalán hacia la independencia. No sé si será una sentencia, un auto, una providencia o un remedo de cualquiera de ellos capaz de neutralizar a los líderes del movimiento, pero lo que tengo claro es que con unas pocas hojas de papel todo habrá acabado.

Hace unas semanas fuimos testigos de una primera entrega del desenlace, ayer tuvimos otra y a no tardar mucho tendremos la parte que resta y no creo que, por muy irritados que queden los que prometieron el mundo feliz y no han podido alcanzarlo, sean tan torpes como para forzar un final humillante para una aventura cuya inconsistencia ha sido palpable desde el día que se anunció.

Entre todos tendremos que buscar una forma de zanjar el tema sin que nadie tenga que ponerse de hinojos y, acto seguido, convocar elecciones para ver si su resultado nos permite salir del atolladero.

Cosa distinta será moderar la exaltación patriótica que ha dejado el proceso en los miles de ciudadanos que, de buena fe, se han enrolado en el banderín de enganche estrellado y los efectos que puedan causar sus secuelas de resentimiento, de rechazo e incluso de asco hacia todo lo que suene a español, tras ser alimentadas durante años, a base de propaganda y de los ingentes recursos económicos puestos a disposición de sus voceros. En este aspecto habrá que hacer un gran esfuerzo por parte de todos para restañar las heridas y aceptar que lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible, para asumir como normal una realidad que nos supera a todos y nos obliga a convivir con nuestras diferencias (y precisamente con ellas).

Unos y otros, mal que nos pese, compartimos un espacio físico difícilmente divisible como se ha visto, una realidad socio-política compleja en la que tenemos que resolver juntos un montón de problemas que nos afectan más o menos de la misma manera, y un futuro incierto cuyas claves debemos interpretar de forma consensuada y certera para tomar las mejores decisiones con objeto de no perder las oportunidades que ofrece.

Y, sobretodo, habrá que emplear muchas energías para poner bajo control las pulsiones atávicas que nos caracterizan, pero aún estamos a tiempo de rehacer una realidad en la que no hace mucho cabíamos todos y, además, hacerlo sin (demasiados) reproches.

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