El final de la partida

En toda situación de crisis siempre ha sido recomendable ponerse en el lugar de la otra parte para entender su punto de vista, pero también para analizar las alternativas que ofrece su posición y estar preparado para dar respuesta a cualquier contingencia que surja en las distintas fases de desarrollo del conflicto. Es un método de trabajo, pero también una precaución, que ha demostrado su eficacia desde siempre y que ningún estratega debería dejar de tener en cuenta en la gestión de cualquier situación.

En Cataluña los observadores del panorama político tenemos el privilegio de ser testigos de un reto en el que cabe suponer que las partes enfrentadas tienen analizados hasta los más mínimos detalles de las bazas que puede jugar su oponente. Se trata de una situación complicada, no tanto por la naturaleza de la cuestión que se plantea, sino por la desigualdad manifiesta de los medios de que disponen los contendientes. Pero, aún así, el tema tiene su interés.

Modestamente creo que la parte catalana lleva todas las de perder, pero no deja de resultar sugerente hacer conjeturas sobre el final de la partida. Aunque sólo se trate de un ejercicio de prospección. Imaginar cuál sería la mejor estrategia a seguir para ganar con el mínimo coste, teniendo en cuenta que lo que en realidad está en juego son sentimientos y no otras cuestiones que de antemano están sobradamente resueltas, tiene su miga.

Es un ejercicio apasionante puesto que, no se trata tanto de seducir a la base social del movimiento secesionista (misión por lo demás imposible en el actual estado de cosas) sino de llegar a una solución que, recogiendo el guante del órdago lanzado por el independentismo, lleve a sus partidarios a la aceptación de lo inevitable (llámese resignación o como se quiera) y a una razonable atribución de la responsabilidad del fiasco a los líderes de la intentona, por su torpeza, improvisación o incapacidad para conducirla hasta el objetivo propuesto.

Y puesto que el resto de cuestiones carecen de solución a corto plazo no debieran influir en el análisis propuesto habida cuenta que, ahora mismo, no hay nada que pueda evitar el resentimiento y la frustración de los que, perdiendo la partida, van a ver esfumarse un sueño que habían creído tener al alcance de la mano, no tanto porqué realmente hubieran pensado que fuera posible alcanzarlo, sino por haberse tragado las promesas que les hicieron a sabiendas de que eran pura fantasía. Y, en este sentido, es muy comprensible que se sientan burlados.

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