Una república, ¿qué república?

Entre los muchos problemas que se evidencian en el debate político catalán tiene especial relevancia en estos momentos, teóricamente definitivos para el tránsito de comunidad autónoma española a república independiente, la ausencia de un constitucionalismo propio. Existe, como no, una pléyade de teóricos sobre cualquier sistema constitucional imaginable, desde el francés, el alemán, el español, el norteamericano o el británico, e incluso diría que de las repúblicas populares o de los regímenes teocráticos de cualquier lugar del planeta, pero en el momento de definir Cataluña como república da la sensación de que nadie se haya detenido hasta ahora a reflexionar sobre el tema, ni existe aportación doctrinal ni de otro tipo que dé pistas de por dónde pueden ir los propósitos de los partidos políticos del arco parlamentario catalán después del primero de octubre, caso de que se celebre el referéndum anunciado y de que dé el resultado que tanto anhelan los que lo promueven. El silencio de los expertos es atronador y me pregunto ¿por qué será?

Evitando el recurso fácil de atribuir la causa del vacío a la ausencia absoluta de fe en la eventualidad de que algún día Cataluña pueda convertirse en un país independiente, me interesaría saber, caso de existir, quién ha pensado seriamente en el tema y qué aportaciones cabe esperar razonablemente ante un hipotético proceso constituyente teniendo en cuenta que, ahora mismo, los que lo defienden pertenecen a un arco ideológico que va desde un liberalismo “sui generis” hasta posiciones radicalmente anticapitalistas aparentemente difíciles de conciliar.

Con sólo dar un vistazo superficial al continente europeo y ciñéndonos a los países que forman parte de la Unión Europea, salta a la vista que los modelos de Estado son muy diversos entre sí. Todos ellos comparten la característica común de ser considerados democráticos, pero entre ellos hay diferencias abismales. Tan es así que entre la República Francesa o la República Federal Alemana, por poner sólo un ejemplo, hay unas diferencias espectaculares. Francia tiene un sistema presidencialista que da unos poderes extraordinarios a su presidente, elegido por el sistema de balotaje o de dos vueltas, que a su vez designa libremente a su Primer ministro, mientras que en Alemania el protagonismo recae en el o la Canciller de la República en tanto que su presidente tiene reservado un papel institucional de representación muy discreto. Ambos son estados bicamerales, pero con una distribución de funciones y competencias entre las dos cámaras que tienen poco que ver el uno con el otro. Y así podríamos enumerar una gran cantidad de características diferenciales de cada uno respecto de su vecino.

Pero en Cataluña se habla de constituir una república asexuada. Nadie sabe si será gallo o gallina. ¿El Parlamento tendrá una o dos cámaras? ¿El Presidente será elegido de forma independiente del resto de representantes, llámense diputados o no? ¿Las elecciones se celebraran a una o dos vueltas? ¿Las candidaturas a los diferentes órganos elegibles se presentarán en listas abiertas o cerradas? ¿Qué papel se reservará al presidente? ¿Habrá un primer ministro encargado de dirigir el ejecutivo? Y los partidos políticos, ¿que papel tendrán reservado? ¿Y los sindicatos? …

A nadie se le escapa que cada una de las respuestas tiene mucha más enjundia de lo que aparenta la simplicidad con la que he formulado las preguntas, pero nadie dice ni “mu” sobre ninguna de ellas. Es más, se pretende preguntar a los ciudadanos si quieren que Cataluña se convierta en una república pero nadie dice de qué tipo de república se trata. Como mucho, se habla de abrir un proceso constituyente que, a falta de un debate previo y de un mínimo consenso entre las diferentes opciones políticas en presencia, promete ser un auténtico akelarre o, como puede deducirse de las cosas que se han dicho en la fase previa al referéndum desde todos los sectores políticos y sociales, puede ser la plasmación sobre el papel de un cúmulo de disparates resultado de una especie de concurso de ideas a cual más descabellada.

Faltan 120 días para que se abra el melón. Esperemos que lo que no se ha hecho en los últimos tres siglos seamos capaces de hacerlo en este plazo. Imaginación seguro que no nos faltará, lo que temo es que nos falle el conocimiento y el sentido común.

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