Partidos por la mitad

Si en Cataluña las posiciones se mantienen irreconciliables como hasta ahora la solución al conflicto será difícil.

Una parte de los catalanes, supongamos que sea la mitad, por el hecho de tener una lengua, una cultura y un derecho “propios” considera que tiene derecho a ser tenida por una nación y a formar un estado independiente en el mismo lugar en que reside, mientras la otra parte, supongamos que sea otra mitad, que asimismo tienen una lengua (o dos), una cultura (o dos) y un derecho (o dos) se considera con derecho a seguir como está, en el mismo territorio y a que no le compliquen la vida.

Los primeros se obstinan en llevar adelante su propósito y los segundos no dan su brazo a torcer porqué consideran que ya son lo que quieren ser y no tienen la menor intención de dejar de serlo. Por otra parte, los primeros, atribuyéndose la condición de titulares del territorio ocupado por todos en base a su voluntad de ser, sea por nacimiento o por opción personal sobrevenida, creen tener derecho a decidir la separación del que durante siglos ha sido el espacio común, porqué considera que los segundos no son propiamente catalanes o, si lo son, no lo son lo bastante para ser considerados como tales a partir de la constatación de que no están dispuestos a renegar de lo que son para abrazar la nueva realidad jurídico-política que les brindan los que quieren separarse.

Para justificar su postura, los partidarios de tener un estado propio, apelan al sentimiento de pertenencia a una comunidad histórica que, tras haber quedado desdibujada en tiempos pretéritos, se ha visto revitalizada en los últimos años y más o menos articulada a través de organizaciones sociales y partidos políticos creados o reciclados “ad hoc” que han asumido el relato de un auténtico renacimiento adornado para la ocasión con la épica propia de las grandes gestas. Para ello su reivindicación no se para en consideraciones hacia sus convecinos que, a causa exclusivamente de no ser proclives a compartir su proyecto, son objeto de su desprecio y por el camino que vamos, a no tardar, también de su odio. ¿Cómo es posible que teniendo el paraíso al alcance de la mano no estén dispuestos a mover ni un dedo para conseguirlo? Es más ¿cómo se permiten mantenerse al margen de la movilización dificultando con su pasividad que el movimiento sea unánime e irreversible?

Por su parte, los otros, aún siendo partidarios de mejorar sus condiciones de vida y el marco legal en el que se desarrolla, desconfían de un movimiento liderado por organizaciones que, hasta hace cuatro días, defendían los mismos postulados que ellos y no acaban de entender qué haya podido cambiar en el país para que de improviso les haya dado por marcharse. A fin de cuentas, cuando votaron junto con ellos la Constitución y el Estatuto tenían muy claro que, si con anterioridad Cataluña había sido una nación, al aceptar el nuevo sistema se convertía en una comunidad autónoma y el eterno debate del ser o no ser había quedado zanjado. ¿Qué ha sucedido, pues, para que, tras cuarenta años, hayan cambiado de idea? Es más, teniendo en cuenta que los partidos hegemónicos del territorio han dado soporte por más de treinta años a los diferentes gobiernos del Estado y a sus políticas territoriales y económicas, ¿qué bicho les ha picado ahora para que se desdigan de todo lo que se ha hecho con su apoyo y abominen de los que, mientras les ha convenido, han tenido como socios?

El caso es que todo hace pensar que ninguna de las partes va a apearse del caballo, lo que suscita un problema apasionante teniendo en cuenta que lo que se pretende no es dividir el territorio en dos mitades si no, manteniéndolo de una sola pieza, separarlo entero de la realidad española para constituir con él una realidad política nueva e independiente, pero cohabitada por las dos mitades, una empresa ardua donde las haya que parece condenada al disparate.

Si la mitad partidaria de separarse no alcanza a demostrar el apoyo de una mayoría abrumadora de ciudadanos y se queda, como parece que va a quedar, en una mitad, punto más punto menos, y a pesar de ello se emperra en perpetrar la separación podría ser que su experiencia sea tan efímera como lo fueron las anteriores puesto que la otra mitad seguirá en sus trece y esperará la oportunidad para revertir el proceso, para cuyo propósito contará con el soporte incondicional de los ciudadanos de allende el Ebro y el de todo el aparato institucional español, con lo que ya les arriendo la ganancia.

Por otra parte, en el improbable caso de que los partidarios de la separación se salieran con la suya, la mitad partidaria de quedarse como está ni dejará de pensar como piensa ni saldrá del territorio para dejarlo a disposición de la mitad que les habrá convertido en extranjeros en su propia tierra. A fin de cuentas aquí tienen sus vidas, sus familias, sus recuerdos y sus haciendas, y el hecho de que la mitad quiera marcarlos con un estigma no será motivo suficiente para abandonarla o, tal vez, lo sea para todo lo contrario.

Es decir que el principal problema de convivencia puede surgir si a la mitad soliviantada no le sale bien la jugada puesto que habrá de proyectar de alguna manera su frustración culpando del desastre, no a su propia torpeza o a los errores de cálculo que haya cometido a lo largo del proceso, si no a la mitad que no habrá hecho nada para evitar su fracaso cuando todo apuntaba a que el único final posible de la aventura era el éxito que les estaba esperando y al que podrían haber contribuido de forma absolutamente decisiva. Para ellos, sólo pensar que para alcanzar la meta solo faltaba que los que, aún siendo catalanes, nunca creyeron en su proyecto y se negaran a cambiar de bando, será de difícil digestión.

Pero, como tampoco cabe la posibilidad de confinar a cada mitad en una parte del territorio, no habrá otra solución que dejar que las cosas sigan su curso natural y que cada parte peche con las consecuencias de sus actos dejando que el sentido común o el resentimiento hagan el resto, como ha ocurrido en otras ocasiones en las que el fracaso ha resultado un trago amargo para todos.

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Un comentario sobre “Partidos por la mitad

  1. En Cataluña no hay ningún conflicto, el conflicto esta en España.
    La realidad de los ciudadanos catalanes no es que haya dos grupos diferenciados y opuestos, es algo más complejo que eso. La sociedad catalana está compuesta de una gran diversidad y pluralidad de personas con un fin común: vivir en una sociedad más justa y más equilibrada y quien se opone a ese fin es la política intransigente de ciudadanos españoles reacios a evolucionar hacia una sociedad más ecuánime, en definitiva más estable.

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