Una teoria sobre el yihadismo

A raíz del atropello colectivo ocurrido en las ramblas de Barcelona el día 17 de agosto de 2017 han aparecido una cantidad ingente de expertos en el tema terrorista de cuyas opiniones se desprende un preocupante desconocimiento de la comunidad de la que se nutre el ejército de suicidas que parecen dispuestos a amargarnos la vida a costa de sacrificar la suya. El suicidio de esta gente, causando la muerte y el sufrimiento a tantas víctimas que no tienen la menor relación con ellos y a los que parecen odiar hasta el extremo de eliminarlas aún sin conocerlas, además de miedo, nos causa un gran estupor. ¿Cómo es posible que entre los que profesan la religión islámica haya tantas personas dispuestas a inmolarse y porqué lo hacen? La respuesta más común a la pregunta consiste en afirmar que son unos fanáticos que se han radicalizado para convertirse en asesinos ciegos de todo aquel que no comparta su fe, pero esta explicación es demasiado simple. Entre sus víctimas a menudo ha habido musulmanes con los que no han tenido piedad, por lo que resulta evidente que no se puede despachar un tema tan complejo con tanta ligereza y, aún a riesgo de equivocarme, creo poder ofrecer una versión algo más acorde con una realidad huidiza y difícil del mundo del que proviene, muy cercano físicamente a nosotros, pero tan alejado de nuestro sistema de valores y de nuestra forma de vida que parece (y probablemente es) de conciliación imposible.

El primer problema que plantea el análisis de la cuestión es que se produce a nuestro alrededor en una o varias lenguas absolutamente incomprensibles. Les oímos hablar y no entendemos nada de lo que dicen.

Mientras nosotros somos formalmente cristianos nuestra fe permanece en el ámbito privado y, salvo excepciones francamente minoritarias, la religión se vive en amplios sectores sociales con una gran tibieza (cuando no con hostilidad) mientras que ellos, que hace algunos años parecían vivir su religiosidad más o menos como nosotros la nuestra, han ido afirmando su fe hasta convertirla en un signo de identidad. Ahora las mujeres musulmanas se hacen notar por su forma de vestir y muchos de los varones provenientes del norte de África refuerzan sus atributos étnicos con barbas desaliñadas y chilabas que lucen orgullosos, especialmente los viernes, para marcar claramente de dónde proceden y qué es lo que les diferencia. Después, igual se quejan de recibir un trato que les hace sentir discriminados, pero no por ello optan por pasar desapercibidos.

Su fe tiene un componente comunitario fundamental que se refuerza en contacto con los demás creyentes, lo que genera una tendencia a buscar la compañía de los suyos y, de paso, al alejamiento respecto de “los otros” y al aislamiento en el gueto en el que encuentran la seguridad que el contacto con el exterior amenaza. Y una vez encerrados en su mundo la presión social que ejercen entre ellos acaba convirtiéndose en el mejor garante de la pervivencia de sus costumbres, aún en el entorno más hostil. Por otra parte, hay un consenso general en el mundo musulmán acerca de que Dios no se elige, razón por la cual, salvo contadas y notables excepciones, la gobernanza de la comunidad suele recaer en su líder espiritual, sea el emir de los creyentes o el imán, según el nivel de organización política de que estemos hablando.

Por otra parte, no es posible hablar de un islam único, si no de una creencia tan diversa como el propio cristianismo en el que, como todo el mundo sabe, existen profundas divisiones entre católicos, ortodoxos o protestantes (entre otros) y en cada una de las respectivas iglesias multitud de variantes y sectas. Lo mismo sucede entre los musulmanes. Las dos grandes divisiones dogmáticas, chiíes y sunnís, éstos últimos mayoritarios, a su vez cuentan con innumerables corrientes, sensibilidades, tendencias y sectas. De ellas a nosotros nos afecta especialmente el salafismo (término que en lengua árabe significa predecesor o ancestro). Se trata de una corriente nacida en el siglo XIX que defiende una interpretación del Corán que propugna el retorno al islam de los tiempos del Profeta y de sus compañeros y discípulos de la “sahaba”, allá por el siglo VII de nuestra era. Los salafistas – copiosamente financiados por Arabia Saudita i Qatar cuyas monarquías beben ideológicamente de las fuentes del wahabismo, rama promovida por el Imam Ibn Abdu-l-Wahhab que en el siglo XVIII lanzó la idea político-religiosa según la cual el declive de los países musulmanes frente a occidente es la consecuencia del olvido del mensaje original del Islam y de la aceptación de creencias corruptas occidentales que durante siglos han desfigurado la fe originaria predicada por el Profeta – se proponen extender el islam por todo el mundo sobre la base de una interpretación estricta del Corán y de la Sunna. Para resumir, podemos decir que los salafistas rechazan todo aquello que dicen identificar como interpretaciones humanas posteriores a la revelación del Profeta, es decir, lo que en lenguaje coloquial denominamos fundamentalistas.

Esta versión del Islam es la que se profesa en no menos de 60 mezquitas y locales de oración repartidos a lo largo y ancho de Cataluña en los que, además, llevan a cabo las misiones, entre otras, de predicar, de velar por el cumplimiento de los preceptos coránicos, de ejercer la presión social necesaria para mantener unida a la comunidad en la fe y, muy importante, la de identificar y seleccionar a los elegidos para el martirio. Cada imán, en su predicación, transmite a los creyentes el sentimiento de desapego a todo lo humano, incluida la vida; el rechazo a todo lo que es susceptible de contaminar su fe; la aceptación resignada de la voluntad de Alá y, como no, la renuncia a las oportunidades de placer que les ofrece el entorno, especialmente en las ciudades europeas a las que se han trasladado a vivir tras innumerables penalidades. Todos saben que si cumplen escrupulosamente el mandato del Profeta al final de la vida les espera el paraíso a cuya esperanza sacrifican todos sus anhelos. Viven modestamente, comen frugalmente, viven en viviendas que a menudo presentan condiciones infrahumanas, pero tienen una misión en la tierra que cumplir: son el vehículo del que se sirve Alá para llevar a cabo sus designios.

Y en este ambiente de fervor religioso y de presión grupal algunos jóvenes se sienten tentados por el mensaje liberador de sus miserias y privaciones para escapar a su aciago destino y alcanzar la gloria por la vía rápida. Saben perfectamente la vida que les espera si siguen el camino de sus padres, no tanto por las limitaciones que les impone el entorno (que también) sino a causa de sus propias renuncias, por lo que desde la más tierna infancia tienen aprendido que algunos han logrado burlar su destino convirtiéndose en mártires que, aunque perdieron la vida (cuyo valor es poco más que nada), se ganaron el respeto perpetuo de toda la comunidad. Solo un pequeño paso les separa del paraíso y lo cierto es que no son pocos los que deciden darlo.

A través del imán de su mezquita o del círculo iniciático de adeptos en el que hayan sido admitidos se verán pronto inmersos en el ambiente propio de una aventura de videojuego en el que en lugar de matar marcianitos se preparan para hacer lo propio con los no creyentes que se les pongan al alcance y para ello recibirán el entrenamiento adecuado, la ayuda material y el arrojo necesario en forma de Captagón (una anfetamina de efectos casi milagrosos que contribuirá a que pierdan el poco apego a la vida que les quede y el miedo al dolor o a la muerte). Si es preciso, los llevaran a entrenar a cualquier parte de su universo, les enseñaran el manejo de las armas y los explosivos, y les adiestrarán en todas las formas imaginables de aniquilar a los infieles que amenazan la fe de sus padres y que apartan a los creyentes del verdadero camino, contaminando sus pensamientos y sus costumbres con su forma de vida. Hasta que llegue la hora suprema, bien porqué decidan ellos mismos que ha llegado o porqué alguien con autoridad lo decida por ellos, su vida seguirá con toda normalidad y, a poder ser, pasando desapercibidos y sin llamar la atención sobre sus intenciones. En los momentos previos a la despedida recibirán todo el apoyo necesario del grupo y, si conviene, la sobredosis adecuada de fenetilina para afrontar el final sin que les preocupe el dolor o que les tiemblen las piernas, teniendo siempre claro que cuanto mayor sea la catástrofe que provoquen mayor será su gloria si la perpetran en nombre de Alá.

El viernes siguiente a la inmolación su nombre resonará en todas las mezquitas y será proclamado mártir (“chahid” o caído en combate en defensa de la fe), mientras su alma alcanzará el paraíso como modelo a seguir por otros que no tardarán a sumarse a su ejemplo. Para sus allegados más directos su sacrificio será sentido como la pérdida de un ser querido, pero con el orgullo íntimo de saber que su gesta será recordada y respetada por todos, para siempre.

Este es, en suma, el escenario y el marco en el que hay que intentar resolver el problema: la noción islámica clásica del martirio actualizada por los partidarios de la inmolación voluntaria como medio de causar el mayor número posible de víctimas entre sus enemigos.

En el propio mundo musulmán la identificación del concepto de martirio con el de suicidio suscita innumerables consideraciones de orden teológico, sociológico, ético, político o jurídico, pero en todo caso el hecho de inmolarse en defensa de la fe cuenta con una larga tradición desde los tiempos del Profeta y ahora, además, con la aceptación plena de los poderosos grupos políticos y religiosos que la promueven. En su manera de hacerla atractiva, al martirio le asignan un premio sublime y esta idea es muy difícil de combatir puesto que ninguna de las alternativas que puede ofrecer occidente es comparable a alcanzar el paraíso u obtener el beneplácito de Dios.

Por eso la lucha contra el fenómeno es tan endiabladamente difícil, empezando por la dificultad que implica siquiera llegar a conocerlo.

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